Los pequeños contratos virtuales

Una de las mayores sorpresas para muchos legos en derecho son los contratos: Todos nos hacemos a la idea de que un contrato es algo que uno firma, y que por lo tanto, está escrito. Y como lo firmas, te obliga. Eso, y el hecho de que los contratos escritos y enrevesados que más fácilmente nos vienen a la cabeza son los bancarios, los cuales muchas veces no entendemos sin la ayuda de un abogado (no pasa nada. Para eso estamos aquí).

 

Lo de la obligación es cierto, así lo dice el código civil: Los contratos tienen fuerza de ley entre partes (Art 1091 del Código Civil) y Los contratos se perfeccionan por el mero consentimiento, y desde entonces obligan, no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino también a todas las consecuencias que, según su naturaleza, sean conformes a la buena fe, al uso y a la ley.(Artículo 1258 del Código Civil).

 

Todos tenemos claro cual es la fuerza de un contrato. Sin embargo, creo que nos quedamos cortos con esa idea del contrato en negro-sobre-blanco con cláusulas enrevesadas capaces de reclamar almas. Un contrato, conforme nuevamente al Código Civil, tiene tres requisitos, que son muy simples:

 

- Consentimiento de los contratantes

- Objeto cierto que sea materia del contrato

- Causa de la obligación que se establezca

 

Es decir, que para que exista un contrato, solo se requieren esos tres pasos. Por ejemplo: Comprar una barra de pan. Consentimiento del comprador y del vendedor en celebrar el contrato de compraventa. Objeto cierto: La barra de pan y el dinero. Causa: Uno quiere vender pan y otro quiere comprarlo.
Es así de simple, sin papeles, sin letra pequeña, sin firmas, un contrato de compraventa nace y se resuelve en una serie de actos tan simples como pedir una barra, decir el precio y hacer entrega de ambos bienes, pan y dinero.
Y como un contrato no tiene por que ser oneroso (algo a cambio de algo) si no que puede ser gratuito, y no tiene que ser dar algo, si no hacer algo o no hacerlo, otro acto tan mundano como pedir que te acerquen el mando de la tele implica, en esencia, un contrato.

 

Habiendo explicado esto, podemos hacernos una idea de los muchos contratos que celebramos y resolvemos un día cualquiera. Sin embargo, muchos de ellos, por cotidianos que parezcan, y por poca atención que prestemos, son importantes.

 

Se dice que la mentira más común de internet es “He leído y acepto los términos de uso”. Esos términos de uso son un contrato per sé, uno largo, complejo y lleno de cláusulas extrañas y retorcidas. Muchos de ellos diseñados para ser largos, tediosos, complejos y con el único fin de que no quieras leerlos. Sin embargo son contratos, y prestando ese consentimiento, no hacemos si no firmar, no con nuestro nombre en un papel, pero si con el registro de nuestro click y un dato que nos identifica, como es el correo que prestamos para crear una cuenta en una determinada red social, la contraseña que confirma nuestra identidad, y nuestra dirección IP, entre otros.

Podemos creer que esos contratos son gratuitos, ya que nos dan acceso a una red social a cambio de nada, pero tampoco es cierto. La palabra que usan es “free”, que en inglés significa “libre”, aunque también se use para “gratis”. Nos dan un uso libre del servicio, sea una red social, un servicio de videojuegos como steam o playstation network, o una aplicación. ¿Que se quedan a cambio?

Otra de las mejores frases sobre internet es “Si no estás pagando por algo a lo mejor tú eres el producto”.

Muchas de estas páginas recopilan datos sobre nuestro uso de su servicio, y la información que obtienen con lo que hacemos, como lo hacemos, cuando lo hacemos y cuando no es rica y variada.
Por ejemplo, una aplicación de móvil que tenga permiso de usar el gps y el acelerómetro (la pieza que usa el móvil para reconocer el movimiento) o recabar datos de las redes wifi a las que te conectas, puede saber donde está tu teléfono entre las 10 de la noche y las 8 de la mañana, con lo que sabe donde vives, y quien es tu proveedor de internet en casa. Sabe donde estás entre las 9 y las 7 de la tarde, así que sabe donde trabajas. Sabe también cuanto tardas en llegar por el tiempo que tardas en pasar de una wifi a otra, y sabe si estás sentado o de pie en ese tiempo. Sabe si te mueves durante el camino, por lo que también le estamos diciendo si caminas, vas sentado en un vehículo o de pie (transporte privado, público)…

Esto parecerá a muchos el colmo del espionaje, pero solo es un seguimiento “simple” acerca de los hábitos de vida de cada uno. También está el registro de tu navegación por internet, que nos dice que páginas visitas, cuanto tiempo le dedicas, donde ves las noticias y cuanto te paras en una noticia u otra. De ahí se saca información acerca de intereses, aficiones, o incluso simpatías políticas o ideológicas (algo que, según la constitución, no estamos obligados a declarar ante un juez).

 

Otra herramienta para esta captación de datos son las cookies. Pequeños programas que las webs instalan en nuestros dispositivos para facilitar el trabajo, tanto a nosotros como a ellos. Algunas sirven para mejorar el rendimiento con el que vemos la web o recordar nuestras contraseñas, pero otras por el contrario captan nuestros hábitos e intereses para vender esta información a terceros y que así recibamos publicidad personalizada. Si hemos hecho búsquedas sobre viajes, nos saldrán anuncios de viajes, por así decirlo.

 

Ahora que el Reglamento General de Protección de Datos ha entrado en aplicación (porque en vigor entró el 25 de Mayo de 2016), esos captadores de datos están obligados a trabajar con mucho más cuidado la forma en la que realizan esta tarea, y obligados ante todo a uno de los puntos que expusimos arriba.

 

Nuestro consentimiento.

 

Y como hablamos de un contrato que se prolonga en el tiempo y que nos da derecho a modificar ciertas condiciones para que esos cambios se apliquen de inmediato a todos el trabajo que puedan hacer estos captadores sobre la nueva información que creemos, no está de más hacer el ejercicio de estudiar todos esos pequeños contratos que hemos “firmado” y ser un poco más estrictos.

 

En lo referente a las Cookies es tan simple como pulsar en “revisar política de cookies” y ver cuales son los propósitos. Que cookies sirven al funcionamiento y cuales obedecen a otras razones, como la elaboración de estadísticas o el estudio para ofrecer publicidad personalizada. Mi postura personal es denegar tantas como puedo, porque puedo, y porque no me gusta que me usen para realizar estudios, aunque sea identificándome de forma indirecta a través de mi uso del ordenador.

 

Para las aplicaciones móviles, voy a explicarlo con un ejemplo personal: Si tenemos un teléfono android, vamos a “ajustes”, una vez dentro “aplicaciones” y allí encontramos nuestro objetivo: “Permisos”. Esta opción nos comunica todos los permisos que hemos concedido a cada app y la posibilidad de mantenerlos y revocarlos. Ahí ya entra el libre albedrío de cada uno, pero antes de prohibir todo, mi consejo es que hagamos un pequeño estudio.

 

 

Por ejemplo, yo cuando toco la guitarra utilizo una app llamada Guitar Tuna, para afinar y para usar la función de metrónomo. El único permiso que pide es el micrófono. Y como es un afinador de guitarra, tiene que utilizarlo para escuchar la guitarra e indicarme en que tono está sonando. Como vemos, es una función necesaria y por lo tanto, si revoco el permiso, la aplicación deviene inútil.

 

 

 

 

 

 

Por otra parte, tenemos Skype, un servicio de llamadas, videollamadas y mensajería muy conocido. Aquí ya soy bastante más estricto.

De todos los permisos que pide, hay unos que le concedo, otros que podría concederle en un futuro y otros que me niego en redondo: Le concedo a skype el micrófono y la cámara, porque necesito ambos para hacer videollamadas, pero no los contactos, aunque la app quiera saber cuantos de ellos tienen skype para crear su propia lista. Quiere acceso al teléfono para usar skype para hacer llamadas a teléfonos normales, o los sms por el mismo motivo. Como no pretendo hacer ese uso de Skype, no le concedo ese permiso.

El almacenamiento lo querrá para enviar archivos y documentos. En caso de necesitar esos servicios, me plantearía conceder ese permiso.
Los dos permisos que son un NO absoluto son los sensores corporales y la ubicación. Con ellos me niego en redondo, a ceder esa información a la app. Es mi decisión, pero cada uno puede decidir como quiera.

 

 

Y con eso, ya hemos visto que es el consentimiento, como se puede mantener o revocar según el tipo de contrato que sea, y como afecta a nuestra privacidad el grado de cautela que tengamos cuando utilizamos internet o apps móviles. Espero que os haya sido de utilidad.

 

 

Un saludo

 

 

Hugo Pastoriza

@Hugo_HPCAb en Twitter